Un Encuentro con Ella

3 min readphoto by Diego Marigno (2013)stories, poetry

Si me encuentro a solas con ella terminare enamorándome de su grandeza, de su intranquilidad, de su aleatoriedad tan intrínseca. Terminare por caer presa de su forma imprudente de llegar y tomar la comprensión de una persona y postergarla hacia ella. Seré presa incauta de su inesperada forma de autorregularse, funcionar solo y solamente al ser tantas soledades unidas. Al unirse mi soledad a las todas que ya ella tiene. Quedaré impregnado de su anonimato, de su absoluto, de la hermosura que esa red tan compleja e incomprensible llamada ciudad forma.

Y me perderé. Otra vez.

Prefiero no hacerlo, ya me he perdido lo suficiente. Aunque ya soy prisionero.

Veo a un chico admirando la hermosura de lo cotidiano en la cara de un perro marrón, sentado sobre la grama verde, disfrutando del frío y del paisaje. Un familiar de él, quizás su hermano mayor o su papá, mirando de vuelta y sonriendo. Sabiendo que, aquel allegado suyo, admira la vida desde un punto de vista incierto.

Desde un punto en el que todo es bello. Donde convergen todas las cosas y solo quedan hermosos momentos.

Me dicen atorrante. Es tan sencillo como el hecho de que no controlo del todo la forma en la cual converjo con las personas que me rodean. No es solo lo que haga hacia las cosas, sino hacia todo. Pero, ¿cómo haces cuando nadie entiende y los pocos que lo hacen no escuchan? Si escuchan, se cansan. Si se cansan, repelen. Si repelen, nada. ¿Existe libertad?

Es simple, son momentos que se convierten en palabras, que se convierten en fotos, que se convierten en belleza: que emana mi interior, de la que impregno los demás. Quiero, vivir todos los momentos, ser parte de ellos y que todos sean míos. Pero no es del todo posible. El universo se auto regula a apartarme, por un interés un poco invisible que no logro del todo comprender. Me hace falta ese amor inamisible, inefable, soberbio, interminable, infinito, maravilloso y tranquilo de la vida que no llega. Y no va. Solo deja de ser en todo momento y allí mismo vuelve. Veo la libertad pero no la alcanzo… y muero.

Entonces la adrenalina corre por mis venas y los pies se apresuran, voy bajando empinado, en colina, en una pica —una palabra la cual aprendí hoy— con el viento en mi cara, el corazón quedándose impregnado en cada roca que toco de tantas vibraciones que emite, los pies en fuego, el sudor goteando desde cada poro y el frío que eso —añadido al frío del ambiente— añadía.

Bajo corriendo en un camino hecho quien sabe desde hace cuánto tiempo, mi mente deja de ver todo lo demás, de pensar en más, solo existe, es una con el camino y conmigo, mis ojos solo ven lo que tengo justo al frente, cada segundo renovándose. Los momentos se vuelven eternos y efímeros a la vez. Caigo por equivocarme más de un piso de altura, pero sigo, en zigzag, siguiendo la vertiente cada que cambia para no caerme de frente. Los dedos del pie duelen, el sol candente me quema como nunca, el frío de la montaña me renueva. Mis pies chocan duro contra la roca, de muchas formas ella infinita, contra la tierra amarilla, resbalosa e intranquila.

Paso a un instinto animal en el cual solo importa la supervivencia, en el cual la emoción y el movimiento se atrincheran en mi alma de una forma que solo me hace querer ir más y más rápido. Me detengo, respiro y sigo. Reconozco apenas como un flash los lugares los cuales pase al subir, me aseguran mi casi llegada al final, veo la curva que marca este y acelero, bajo corriendo por entre las flores naranjas casi muertas en todas posiciones sobre la roca que termina deliberadamente en un abismo.

Salto.

Mis pies tocan el asfalto y soy libre. Aunque todavía prisionero.

Me encuentro con personas extrañas a mí alrededor, de todo tipo, personas que hacen cosas malas. Tatuajes que se desvanecen de la piel, como viejas fotografías que pierden su luz, contaminación sónica sin sentido, personas que solo pasaran a ser una parte más del olvido.

Mascotas cuchis que lo hacen sentir a uno de vuelta vivo. Pero nada, no tiene camino. ¿Qué hacemos con aquello que no sentimos? No por no querer, sino por no poder. Aunque dicen que querer es poder pero el que lo dijo se olvidó de la distancia y como trabaja en hacernos desaparecer. Mundos cercanos aunque tan lejanos como de aquí a cualquier lugar.

En dónde está todo, ¿en dónde estás?

No entiendo por qué no estás aquí.

No quiero perderme en el anonimato.

No quiero perderme en ti.

Algún matiz perdido en ilusiones sin sentido alumbra mi mirada. Se me va todo. Y vuelve. Es extraño. Los pollitos cantan y el motor ruge.

He escapado de mi prisión.

Las luces se apagan. Soy libre. Cero.

Nada.

Tú y yo perdidos en nuestras miradas. Hasta que nos volvamos a ver.

O hasta que no nos veamos más.

Lo que venga primero. Quizás hoy, quizás mañana.

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WRITTEN ON:
February 9th, 2013